No lo digo yo, sino que él mismo se autodefine como un fanático de ultraderecha cuando al hacer mención a Zapatero, presidente de un Gobierno elegido democráticamente por la mayoría de los españoles, le acusa de ser el «embajador de ETA». No se conforma con ratificarse en lo manifestado en su día y que motivó que hoy declarase como imputado por un presunto delito de injurias y calumnias al Gobierno, sino que trata ahora de convertirse en protagonista de la infamia, y se jacta de hacerlo.
Lo triste es que los dirigentes del PP son los principales responsables de haberle aupado al estrellato, y ahora, al menos Rajoy, no saben como alejarle. El fracaso de su última manifestación padece augurar el principio del fin de su protagonismo.
Si el estado de derecho funciona, y de verdad, aplicando nuestro Código Penal, Alcaraz debería de dejar de ser un presunto delincuente, y pasar de acusado a culpable. Me parecen de mucha mayor gravedad sus frases que las portadas de El Jueves; y por eso confío en que sea juzgado y condenado, porque sus afirmaciones sí son «objetivamente injuriosas», y no solo frente al Gobierno, sino frente a todos los que hemos respaldado al Sr. Zapatero con nuestros votos.
Si yo fuese su letrado defensor trataría de obtener su absolución en base a la aplicación de la eximente de «trastorno mental transitorio» , y para ello debería de instar la intervención de un psiquiatra para detectar su anomalía o alteración psíquica; no encuentro otra explicación a su comportamiento, salvo que su ultraderechismo tenga tintes de fascismo incompatible con un sistema democrático.








