
Un buen atardecer en la estación de Tundla, población muy próxima a Agra, nos permitió disfrutar de una luz muy idónea para la fotografía. Impasible, este viajero, con una postura que muy pocos occidentales podrían mantener, espera pacientemente la llegada del tren y posa amablemente ante nuestra cámara.

En los andenes de la estación el bullicioso tránsito de pasajeros es permanente. No está de más recordar que el tren es el transporte preferido por los indios, con más de 20 millones de viajeros diarios.

Me llama la atención la tranquilidad con la que los indios viven su vida. Parecen no tener nunca prisa y no saben lo que es el estrés.

El suelo es un lugar muy adecuado y habitual para sentarse.

Me llamó la atención de manera especial el hombre de la barba blanca, que escribía sin cesar en su cuaderno, con una caligrafía perfecta, producto del alto nivel educativo que, pese a su falta de recursos, se recibe en la India. Me costó trabajo, pero conseguí que posase para la cámara.

Y por hoy me despido con el retrato de un sadhu, que a cambio de nada me permitió obtener esta bella imagen. Recordemos que un sadhu es un asceta hindú o un monje que sigue el camino de la penitencia y la austeridad para obtener la iluminación. Es la cuarta fase de la vida en la religión hindú, después de estudiar, de ser padre y de ser peregrino. La tradición sadhu consiste en renunciar a todos los vínculos que los unen a lo terrenal o material en la búsqueda de los verdaderos valores de la vida. Por norma general un shadu, que dedica la mayor parte de su tiempo a meditar, vive incluido en la sociedad, pero intenta ignorar los placeres y dolores humanos.

La próxima semana volveremos de nuevo a la India con nuevas imágenes, que nos descubrirán habituales escenas callejeras.
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