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Si al frente del barco pones por elección democrática a un pirata, todos los tripulantes se convierten en cómplices o encubridores de las fechorías de su capitán. Y eso es lo que puede que esté pasando en la CEOE a juzgar por los acontecimientos vividos en los últimos meses, en los que su presidente ha demostrado ser un pésimo empresario, por mucho que justifique sus fracasos con la crisis económica que padecemos.
Díaz Ferrán, cabeza visible de los empresarios españoles, y la persona designada por éstos para encabezar las negociaciones para alcanzar un pacto social, acumula en su haber un cúmulo de irresponsabilidades de alto voltaje que le incapacitan para tomar cualquier iniciativa que no sea su dimisión inmediata. No cabe duda que el PP, a través de éste impresentable, está haciendo bien los deberes para impedir un acuerdo de los empresarios con los sindicatos, sin importarles las consecuencias muy negativas para la recuperación económica de nuestro país, pero no puedo comprender que los empresarios colaboren en el deterioro de la actividad económica, incompatible con la defensa de sus intereses.
El mundo del seguro en España dispone de una regulación y control que hace impensable que una entidad aseguradora se coloque en situación de quiebra; muy mal lo tiene que haber hecho Seguros MERCURIO, y por ende Díaz Ferrán, para que esto suceda y sea necesaria su intervención. En todo caso tanto sus asegurados como sus perjudicados por los siniestros pendientes de tramitación pueden estar tranquilos, ya que se les garantiza a unos y a otros que no saldrán dañados por el control estatal de la compañía, aunque todos los españoles deberemos de pagar sus consecuencias, ya que a partir de ahora será el Consorcio de Compensación de Seguros, dependiente del Ministerio de Hacienda, el que deberá asumir los compromisos adquiridos por la compañía.
Me produce sonrojo contemplar cómo los “liberales”, que se sienten dueños de sus iniciativas y de sus beneficios especulativos, y que tratan de impedir que el Gobierno les controle, encuentren la salvación de las consecuencias de sus fechorías en el dinero público. “Esperanza Aguirre es cojonuda“, afirmaba Díaz Ferrán recientemente cuando creía que el micrófono estaba cerrado. Ya lo creo que lo es, como “buena liberal” que privatiza lo público para repartirlo entre sus amigos, a sabiendas de que cuando las cosas van mal ahí está “papá Estado” para salvarles.
Los empresarios no dan la talla, su moralidad está en entredicho, y resulta preocupante -a juzgar por las encuestas- que el poder económico que sustentan se pueda salir con la suya aupando a los conservadores; aunque también es cierto que todos somos mayorcitos para tomar nuestras propias decisiones y asumir sus consecuencias.
Pese a las adversidades económicas, las que deberemos superar en los próximos meses con el esfuerzo de TODOS, el pasado lunes pudimos escuchar en TVE a un Zapatero en plena forma, con fuerza mental para superar la crisis y finalizar -confiamos en que en sentido ascendente- su segunda legislatura. Educado, correcto, respetuoso, con capacidad de autocrítica e ideas de futuro, así se mostró nuestro presidente de gobierno ante todos los españoles. Se nota que pertenece a una nueva generación de políticos con un estilo distinto al de sus predecesores, y que saben alejarse de las descalificación al adversario , sin utilizar el insulto como arma de confrontación.
Me gustó en especial su defensa al juez Garzón, del que destacó su trabajo y valentía para perseguir a ETA y a todos cuantos rodean a los terroristas; y eso no es presionar al Tribunal Supremo como ha insinuado el Consejo General del Poder Judicial, sino el reconocimiento expreso de unos méritos incontestables, por mucho que se hubiese equivocado en algunas ocasiones. Y ahora que mencionamos al C.G.P.J., no estará de más recordar que cuando el Juez Garzón era insultado y menospreciado hace unos meses por Trillo y compañía como consecuencia de la inicial instrucción del Caso Gürtel, muchos echamos en falta que hubiesen salido en su defensa.
A destacar el mantenimiento de las conquistas sociales y la defensa de los derechos de los trabajadores, compatible con el más que probable pacto social para antes de dos meses entre sindicatos y empresarios. Estoy plenamente convencido de que se logrará, porque es imprescindible para todos, y será el comienzo del fin de la actual crisis económica.
Zapatero se encuentra en el paso del ecuador de su segundo mandato, aún le quedan dos años como presidente del Gobierno, y dispone de tiempo suficiente para recomponer el país, recuperar la confianza de los españoles, y derrotar por tercera vez a un Rajoy cuestionado permanentemente en su partido y muy poco querido entre los españoles.
Nuestra historia es una sucesión de épocas que han tenido como denominador común una situación de esclavitud laboral a la que han estado sometidos los más débiles por partes de los más pudientes; nunca se superó la situación de desigualdad social, y la lucha contra la injusticia que durante muchos años formaba parte de una aspiración del proletariado, se ha convertido en la actualidad en una adaptación de casi todos a la situación económica en la que se encuentran. Hemos pasado de los grilletes a la precarización laboral, y del desaliento a la aceptación de una situación que parece no tener solución. Simplemente nos hemos vuelto acomodaticios, quienes controlan el capital y mueven los hilos de la economía lo saben, y con el apoyo de la derecha política que les representa pretenden dictar e imponer sus normas a los demás.
Pero cuando escuchaba esta mañana la propuesta “generosa” de la patronal española, proponiendo un contrato laboral temporal para los jóvenes de hasta 31 años, sin cotización a la seguridad social, sin desempleo y sin indemnización, me quedé perplejo. Si esto se hubiese sugerido hace treinta años los sindicatos estarían ya en la calle quemando barricadas, los universitarios habrían convocado una huelga general e indefinida, y los estudiantes de menor edad se estarían manifestando en contra de su futura esclavitud laboral. Pero no ha pasado nada, la vida sigue igual, y los silencios sospechosos o las críticas livianas son la única respuesta a una propuesta que insulta, veja y desprecia a nuestros jóvenes, y no tan jóvenes.
Cada vez estoy más convencido de que la crisis económica que actualmente padecemos está intencionadamente provocada por quienes controlan el capital, y no tiene otra finalidad que la de doblegar las conquistas sociales de los trabajadores; la crisis de los valores de referencia social les favorece, ya que los conceptos de lucha social y solidaridad son ahora sólo palabras huecas que nadie abandera, sin que los políticos tengan capacidad ni voluntad de reaccionar. La política cada vez se asemeja más al fútbol; lo que importa es el resultado final, aunque sea a costa de destruir el juego de su adversario con tal de ganar en las urnas, sin que los espectadores valoren el esfuerzo de quienes pretenden jugar con limpieza.
Hace unas horas en “Hoy por hoy” Carles Francino ponía como ejemplo del abuso laboral que sufrían los jóvenes a una periodista de 24 años, que dominaba cuatro idiomas y trabajaba para la SER como becaria con una ridícula compensación económica. Mejor hubiese denunciado el abuso patronal que hace la SER de esta joven, de la que se aprovecha y a la que, pudiendo hacerlo, no le paga un salario digno en razón a su trabajo.
Estamos viviendo el primer episodio de esclavitud laboral del siglo XXI ante la absoluta indiferencia de casi todos. Pero no me resigno; los trabajadores, y en especial nuestros jóvenes, tienen que recuperar la capacidad para luchar por sus derechos laborales, e imponer la solidaridad como el arma más eficaz para conseguir su objetivo; el poderoso “don dinero” solo se pliega cuando ve las orejas al lobo. Y cuanto más tardemos en reaccionar será peor.
Actualmente los sindicatos ya no representan a la clase trabajadora y sólo consiguen movilizar a sus liberados, aquellos que han conseguido “vivir” y mantener su status a costa de no hacer nada productivo para contribuir al crecimiento de nuestra economía. Ya resulta habitual, salvo excepciones, identificar a los representantes sindicales con los trabajadores que más han practicado el absentismo laboral y menos ganas tienen de trabajar.
Las manifestaciones convocadas por UGT y CCOO para mostrar su descontento por la propuesta del Gobierno de elevar a los 67 años la edad la jubilación ha resultado un absoluto fracaso, y no es buena solución justificar la defensa de las conquistas sociales aferrándose al inmovilismo, ya que a medio plazo puede producirse el efecto contrario al que ahora se pretende.
Con la demagogia, la frase hecha y la vulgaridad argumental no se avanza, y no hay más que escuchar a Cándido Méndez y a Ignacio Fernández Toxo para comprobar que están anclados en el pasado y son incapaces de mirar para el futuro. No dispongo de información suficiente para pronunciarme sobre si es o no conveniente aumentar la edad de jubilación, pero si como se prevé, en los próximos años la población española sufrirá un envejecimiento paulatino que hará inevitable que la población activa disminuya porcentualmente, es hora de consensuar con suficiente antelación las medidas que es preciso adoptar para afrontar tal desajuste. No hacerlo es suicida y contrario a la defensa de las conquistas sociales.
La realidad actual es que la demagogia del día a día se impone a la responsabilidad para afrontar el futuro, y entre todos, incluidos políticos, empresarios y sindicalistas, podemos ser capaces de hundir el barco hasta cotas inimaginables, convirtiendo nuestro país en un “gran hermano” de cuarenta millones de participantes.
Salir del pozo en el que nos encontramos requiere sacrificio de todos; ¿alguien se apunta a dar el primer paso?
A juzgar por las encuestas, tal parece que al electorado le gusta la verdadera cara del PP, y los conservadores -incluso Rajoy- ya se creen que pueden ganar las próximas elecciones generales; aunque todo dependerá de la evolución de nuestra economía en los próximos meses, ya que una agudización de la crisis les haría alejarse en las encuestas hasta cotas insalvables para los socialistas.
Pero ¿en qué consiste la táctica del PP?; es muy sencilla y no requiere ningún esfuerzo mental: sembrar catastrofismo para recoger posteriormente la cosecha, aunque sea a costa de contribuir de forma alarmante al deterioro de la economía de nuestro país. Para ello lo idóneo es criticarlo todo sin comprometerse a nada, y poner a Zapatero como el culpable de todos los males; al fin y al cabo su prioridad es el poder, y si lo consiguen cuando esté a punto de superarse la crisis se pondrán las medallas por el trabajo de otros.
Rajoy “tiene la solución” para hacer frente la crisis, pero la oculta, no sea que nos enteremos de que pasa por pedir más sacrificios al sufrido trabajador y deteriorar la protección social (como ocurre en la Comunidad de Madrid). Pero si todos los que no creemos en la derecha sospechamos que es así, ¿por qué estamos dejando solo a Zapatero al pie de los caballos?, ¿acaso es el culpable de las consecuencias de la crisis financiera, o de la especulación neoliberal, o de la burbuja inmobiliaria?.
Pero el PP seguirá en las suyas, acosando, atacando, menospreciando y deteriorando de cara al exterior la imagen de España; aunque entre insulto e insulto, simulará que están dispuestos a colaborar en la salida de la crisis, aunque siga enarbolando el lema de “cuanto peor, mejor”.
Ayer Zapatero acusó al PP de dañar a España “con exageración y alarma”, y pide a la oposición responsabilidad. Lo deseable sería un pacto de Estado, pero parece ser inviable con el PP, y poco a poco los electores se darán cuenta de quién pone piedras en el camino. A medio plazo auguro un cambio de tendencia en las encuestas, el sentido común se impondrá, y Rajoy contemplará estupefacto su tercera derrota electoral.
Ya nadie se acuerda de los verdaderos culpables de la crisis económica que padecemos, consecuencia directa de la burbuja financiera e inmobiliaria propiciada por los neoliberales, que ahora piden ayuda y soluciones al gobierno para resolver el problema que ellos mismos causaron.
El gobierno de Zapatero recibe críticas por todas partes, por su derecha y por su izquierda, de los sindicatos y de la patronal, y de los españoles en general. Si toma medidas, porque las toma; si no toma medidas, porque no las toma; si piensa en el futuro (edad de jubilación), porque hay que pensar en el presente; si piensa en el presente, por improvisar sin pensar en el futuro. Haga lo que haga recibirá reproches; incluso si propone lo que le sugiere la oposición (disminución del gasto público) es vilipendiado por los conservadores.
Muchas veces me pregunto si los españoles merecen tener un presidente de gobierno como Zapatero. Quizás sería preferible que gobernase el PP para que nos acordasemos de cómo se bajan los impuestos a los que más tienen, o cómo se oculta la corrupción, o cómo se privatizan las empresas públicas, o cómo se impone el despido libre, o cómo se traslada la gestión de nuestra sanidad a manos privadas (véase Comunidad de Madrid). Ya nos hemos olvidado de la “brillante” trayectoria de los amigos y parientes de Aznar, tras su paso por puestos de confianza (Villalonga, Pizarro, Agaz, entre otros), y de los pingües beneficios que obtuvieron.
Pese a todo, los que apoyamos al presidente del gobierno de verdad estamos ahí, respaldándole incluso en los momentos más duros, y las encuestas dicen que somos muchos y resistimos a los ataques. Puede que Zapatero haya cometido errores, pero ¿quién no los cometería en una crisis económica como la que padecemos?; no podemos olvidar que ha hecho muchas cosas bien, y merece el apoyo de los que de verdad nos sentimos de izquierdas.
Desde fuera de nuestro país todos quieren “colaborar” para que superemos la crisis económica, pero nadie aporta ninguna solución que no sea a costa del sufrido trabajador. Ahora el FMI (Fondo Monetario Internacional) nos propone bajar los salarios a los trabajadores para aumentar la competitividad. Pero ¿a quién le bajamos el sueldo?, ¿a los que no llegan a 1000 euros de ingresos netos mensuales, que son la mayoría de nuestros jóvenes?, ¿a los mileuristas, que se han convertido en unos privilegiados comparados con los anteriores?. ¿Existe algún poderoso, tipo Botín y compañía, que esté dispuesto a bajarse el sueldo como gesto de solidaridad?.
El FMI debería de preocuparse mas de predecir mejor el futuro para no caer en los errores del presente, lo que no hizo durante la presidencia de Rato, ahora premiado en Caja Madrid por su “positiva” labor huyendo del temporal cuando se veía venir.