
La cultura del aquí y ahora se ha impuesto en la última década en nuestra sociedad. Todo es urgente, inmediato, necesario… Se dice que la culpa de la prisa-ficción que nos hemos impuesto la tienen las nuevas tecnologías, aunque más bien parte del mal uso de éstas. Prácticamente todo lo tenemos a nuestro alcance, lo que nos incita a un consumo enfermizo; y si no disponemos de dinero para adquirirlo, seguro que encontramos una formula para conseguirlo o demorar el pago, sin pensar si nuestra economía tiene o no capacidad para asumirlo.
Las noticias, las que nos quieren transmitir sus difusores, se suceden con tanta celeridad e inmediatez que se tapan y superponen unas otras, en forma tal que ni tan siquiera tenemos tiempo para digerirlas y memorizarlas. De tal prisa sacan buen uso los políticos, que son capaces de decir una cosa y la contraria es un escaso lapso de tiempo. sin que nos demos cuenta ni advirtamos las permanentes contradicciones en las que pueden incurrir.
El mercado y el capitalismo especulativo, que se ha apoderado de todos nosotros hasta la humillación, saca buen provecho de tal celeridad y juega con nuestro bienestar hasta ser capaz de ponernos la soga al cuello si no nos doblegamos a sus caprichos, que parecen no tener fin. Y esta situación se traslada al mundo laboral, sin darnos cuenta de que cuando nos regalan una blackberry no es para trabajar con más comodidad sino para tenernos controlados y esclavizarnos las 24 horas del día.
Como ha afirmado Karl Kraus, “la velocidad no sirve para nada si te dejas el cerebro en el camino“; y añadiría que también la salud, y la dignidad, y todo aquello que nos sirve para sentirnos bien con nosotros mismos. Sin que tengamos tiempo para plantearnos a donde vamos y de donde venimos.
La sociedad en la que vivimos nos están convirtiendo en unos seres egoístas, groseros, insolentes y grotescos; y sin darnos cuenta hemos perdido la capacidad de tener tiempo para vivir. Pero todo esto tiene solución, y debemos empezar cuanto antes a recuperar la cordura enfrentándonos a nuestros principales enemigos: los mercados.
(Cuando paseaba por el Puerto Deportivo, al llegar a la Punta Liquerique escuché el sonido de un solo de trompeta; y me encontré con un ciudadano que aún sabe vivir y disfrutar de los pequeños momentos).
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