
Ayer dediqué cinco minutos de mi vida a solidarizarme con la familia de Isaias Carrasco, la última víctima de ETA. Lo hacía junto a varios cientos de personas en la Plaza del Ayuntamiento de Gijón, y frente a la alcaldesa de Gijón rodeada de la totalidad de los concejales, entremezclados entre sí, y unidos por el dolor. No era momento de discrepancias, y PP, PSOE e IU hacían piña en una misma condena.
Segundos antes, un hombre se acercó y me entregó un papel en el que se podía leer «Ciudadanos de Asturias, frente al terrorismo, los nacionalistas y sus cómplices«, que obviamente rompí de inmediato, aunque tuve la precaución de guardarlo en el bolsillo para evitar contaminar el pavimento.
Su reivindicación quedó fuera de contexto y de lugar. Y sólo despertó rechazo. Entre todos debemos desterrar los mensajes insultantes de crispación y enfrentamiento, que sólo conducen al debilitamiento de las reglas de juego de la democracia, en donde el respeto debe de triunfar en la discrepancia, único camino para recuperar una convivencia que nunca debió de fragmentarse.
¿Estamos a tiempo? Confío en que el 10 de marzo de 2008 sea el primer día de una nueva época.






