
Los Premios Príncipe de Asturias aparentemente constituyen uno de los galardones de más prestigio en España, y su repercusión internacional es innegable al ser muchos de los premiados mundialmente conocidos.
El problema es que se ha desnaturalizado su finalidad, precisamente porque en muchos casos prima sobre los jurados la popularidad de los premiados sobre sus méritos reales, por afán puramente propagandístico de quienes mueven los hilos de la Fundación Príncipe de Asturias, «seleccionando» a los finalistas más «adecuados».
En 2003 se concedió el Premio a la Concordia a J.K. Rowling, autora de Harry Poter; fue finalista un joven malagueño con síndrome de dwon que consiguió finalizar la carrera de magisterio; no había color en la elección, pero la necesidad de la propaganda se impuso sobre los méritos.
Pero en donde se hace más escandalosa la elección es en el Premio Príncipe de Asturias a los Deportes: en 2005 se concedió a Fernando Alonso, cuyo único mérito deportivo era aspirar a ser campeón del mundo, cuando todavía no lo era; fue un evidente error, y dos años después se pretende enmendar la equivocación concediendo en el día de ayer el Premio a los Deportes a Schumacher. Ambos son millonarios y sus ingresos mensuales facilmente superan todos los ingresos que de por vida pueda tener una familia de clase media-alta española. Su único mérito, conducir un coche a gran velocidad. Mientras tanto muchos ciudadanos del mundo sacrifican sus vidas en prácticas deportivas; algunos no son ni profesionales, ni son mundialmente populares, ni se han hecho millonarios, pero es muy posible que tengan más méritos; pero no importa, no venden, ni llenan primeras páginas…
(publicado aquí en www.elplural.com)





