
Rajoy lleva muchos días, quizás demasiados, pensando en «su futuro»; y lo hace, al estilo de Aznar -su antecesor-, en la intimidad, sin contar con nadie, ni tan siquiera con aquellos que aún no saben que serán sus colaboradores más cercanos. ¿Es bueno sentirse presidente de su partido sin contar con sus militantes?; ¿es correcto situarse por encima del bien y del mal?; ¿no es un error pensar que los demás estarán indiferentes ante una situación tan esperpéntica?
A Rajoy le quedan unos meses para que desaparezca definitivamente de la cabecera de su partido, y aún no se ha enterado; quizás porque no se lo han dicho aquellos que están «a su lado» y a la espera, como aves carroñeras, de engullirlo definitivamente.
Me he detenido varios minutos a contemplar la foto de cabecera, y aún no se lo que pretende transmitirnos. Como descarto que nos esté reflejando el tamaño del último salmón que ha pescado, y no lo veo con capacidad para levitar, tan sólo se me ocurre pensar que estará ensayando su escenificación cuando se presente ante «todos», como líder de «todos», sin enterarse de que «todos» los de su partido están a la espera de su final político. Rajoy ha perdido dos elecciones, la primera por culpa de las torpezas y mentiras de Aznar y la segunda por culpa propia, y aún no sabe que no tendrá una tercera oportunidad.









