Al mediodía, un joven ajeno a los miles de ciudadanos que poblaban la playa o paseaban por el muro de San Lorenzo, tocaba la trompeta sentado en una roca junto al mar, mientras era observado por decenas de curiosos, entre los que me encontraba.

Al atardecer, mientras caminaba por la orilla de la playa para relajar el cuerpo y la mente, una joven paseaba junto al mar durante la puesta de sol. Dos momentos especiales de una buen día de verano, en el que celebrábamos el final de la Semana Grande de Gijón.

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