Involucionismo en el PP
El Partido Popular para tapar sus vergüenzas, que son muchas, muy sucias y se extienden como una pandemia descontrolada, ha tenido que acudir al victimismo, y no se les ha ocurrido nada mejor que acusar al Gobierno de “espionaje ilegal” y de instaurar un “estado policial” al estilo de la dictadura franquista, curiosamente la misma que muchos de sus dirigentes añoran, justifican y nunca condenan. Lo cierto es que se sienten atrapados y acorralados por el correcto funcionamiento del Estado de Derecho y, como es habitual en ellos, acuden a poner en práctica la máxima de “la mejor defensa es un ataque”, inventándose con ello una nueva “conspiración” de la que se sienten víctimas “inocentes”.
Descarados, hipócritas y fariseos, aúnan sus esfuerzos demagógicos bajo la batuta de una nueva Cospedal, directora de la nueva orquesta conservadora, incapaz de interpretar una partitura que no esté plagada de notas musicales discordantes y desafiantes. Su objetivo es subir el tono político hasta cotas que silencien la cordura, la mesura y, en especial, la crítica a las actuaciones vergonzantes de decenas de presuntos delincuentes que militan en su propio partido.
Aunque la ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento, el conocimiento profundo de las mismas exige un mayor respeto, y por ello quien ostenta la condición de Abogada del Estado, como es el caso de María Dolores de Cospedal, debe de saber que cuando se imputa un delito con conocimiento de su falsedad o temerario desprecio hacia la verdad se comete un delito de calumnia, que conlleva penas de prisión, y del que sólo puede quedar exenta si prueba el hecho criminal que se imputa, en este caso al Gobierno. En política no vale todo, y quienes traspasan la raya de lo admisible, deben de responder de las consecuencias de sus actos. La justicia es igual para todos, al menos eso es lo que se afirma en nuestra Constitución, y ahora sería un buen momento para demostrarlo.
El PP, ya no me cabe la menor duda, es un nido de presuntos delincuentes, que aúnan sus esfuerzos para conseguir su objetivo final, el poder absoluto, que les permita la plena impunidad de sus fechorías, y no pararán hasta conseguirlo, sin que les duela para ello descalificar, injuriar, acusar y menospreciar a sus oponentes y a las instituciones del Estado. El “todo vale” es su consigna, y su involucionismo hacia épocas que creíamos ya superadas no tiene límites; sólo queda la esperanza de que los ciudadanos no nos dejemos engañar por esa pandilla de impresentables que tienen los bolsillos demasiado grandes como para que nos hagan creer que pueden volverse honrados.
(Publicado aquí, en elplural.com)






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