LA IGLESIA Y LAS RELACIONES ESTABLES DE PAREJA NO SON COMPATIBLES

El subrealismo de las decisiones de la Iglesia, anclada en el pasado, alejada de la realidad social, y caracterizada por una permanente hipocresía, parece reflejarse en una noticia que podemos leer hoy en la prensa asturiana, en el diario regional La Nueva España: “El arzobispo de Oviedo aparta de su parroquía a un sacerdote por tener mujer e hijo“.
En principio la noticia podría entenderse teniendo en cuenta las estrictas reglas de la Iglesia Católica al establecer como obligatorio el celibato. Lo paradógico y curioso es que no le apartan por haber tenido relaciones sexuales, o por tener un hijo, sino por la aparente relación estable que mantiene con su familia.
Se trata de un sacerdote que, en palabras del vicario general de la diócesis, “…. es una persona muy buena, honrada y coherente..”, por lo que cumple con todas las condiciones para ser considerado como un católico ejemplar. El problema es que su relación es estable y conocida, ya que de haber sido inestable, esporádica, clandestina y no conocida por los feligreses, no hubiese recibido la sanción que ahora se le impone, aunque el hijo hubiese nacido. Dicho de otra forma sí el sacerdote no hubiese sido una buena persona, ni honrado con su pareja ni coherente consigo mismo, podría seguir al frente de su parroquia.
Parece ser que “..no es un caso único ni extraordinario, hay más personas que están en este situación…”, y así lo reconoce el propio vicario general. El celibato es sinónimo de soltería, y por tanto la obligación de ser célibe impide a un sacerdote contraer matrimonio o mantener una pareja estable.
Si interpretamos correctamente las palabras del vicario general, los sacerdotes quedan libres para mantener cualquier tipo de relación sexual y para tener hijos; pero deben de hacerlo de forma no continúa, inestable, y cambiar frecuentemente de pareja, porque si llegan a parecerse a una familia coherente, honrada y estable, serán expulsados.
Buen ejemplo para mantener la defensa de la familia como unidad indisoluble; y un nuevo episodio de plena hipocresía y cínismo por parte de la Iglesia Católica.
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