Fotos para no olvidar: La muerte del fotógrafo Joe O´Donnell revive la tragedia de Hiroshima y Nagasaki
Un niño en Nagasaki, con la mirada fija en el vacío, transporta sobre su espalda el cadáver de su hermano pequeño al crematorio

Esta es la foto más conmovedora y famosa de las realizadas por Joe O´Donnell trás los bombardeos del 6 de agosto de 1945 en Hiroshima (140.000 muertos) y del 9 de agosto en Nagasaki (70.000 muertos). O´Donnell tomó las fotos un mes después de las explosiones, con su cámara personal, mientras estaba de servicio en Japón como fotógrafo de los Marines, cuando tenía 23 años.

Joe O´Donnell (1922-2007), murió Nashville el viernes 10 de Agosto de 2007. Trabajó como fotógrafo oficial de la Casa Blanca, bajo los mandatos de Harry S. Truman, Eisenhauer, J.F. Kennedy y Lyndon Jhonson; hasta que en 1968 se retiró debido a los problemas de salud que sufría debido a la radiación recibida en las dos ciudades japonesas en las que cayeron las bombas atómicas norteamericanas. Pero nunca pudo olvidar los horrores de las guerra y los sufrimientos de los que pudieron sobrevivir a las bombas atómicas.
Recordando la historia, a través de las fotografías recuperamos la memoria del pasado, y podemos denunciar las atrocidades cometidas durante la II Guerra Mundial. Quienes se consideran los salvadores del mundo y guardianes de la paz, utilizaron en su día la bomba atómica para cometer el mayor genocidio de la historia. No debemos olvidar nunca los errores del pasado; denunciándolo es la mejor forma de tratar de evitar que se repitan.
Joe O´Donnell es un fotógrafo para recordar. Por el momento, con su muerte, nos limitamos a tenerlo presente por las fotos realizadas durante la etapa mas cruenta de la historia contemporánea.
En su libro “Japon 1945″, Joe O´Donnell, en relación con la fotografía que visualizaremos al pie, escribió “Tomé una fotografía de tres niños con un carro. No sabía de donde lo habían sacado; cosas como ésa generalmente eran destruidas o confiscadas. Debieron hacerlo con una caja y ruedas viejas. No tenía dulces para entregarles, pero sí una manzana. Se la dí al más grande, quién casi me arranca la mano al tratar de agarrarla. Le dio un par de mordiscos, luego se la pasó al otro -quien también le dio una mordida- y la volvió a pasar. Era algo difícil de ver; tan pronto había desaparecido la cáscara de la manzana, los mosquitos descendieron sobre ella. Los niños se comieron la cáscara, el carozo, los mosquitos y todo“.

La crueldad de la guerra no tiene límites ni fronteras. Y los responsables, a pesar de tener nombres y apellidos, gozan de total impunidad. ¿Hasta cuando?
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