LA INJUSTICIA SOCIAL

Se llama Susana, tiene 32 años de edad, y vive en un pequeño pueblo de la meseta castellana. Padece esquizofrenia, y tiene declarada una incapacidad de un 65 %. En estas circunstancias venía percibiendo del Estado una pensión de 430 euros al mes; claramente inferior al salario mínimo interprofesional, pero suficiente para vivir en la miseria. Hace dos años conoció a un joven, y contrajo matrimonio. Él gana 720 euros, y juntando ambos ingresos pueden sobrevivir con 1.150 euros al mes. El sistema se ha percatado de ello, decide retirarle la pensión, y le obliga a devolver todo lo “indebidamente” percibido desde la fecha del matrimonio; no es posible que una ciudadana cobre una pensión cuando puede vivir de los ingresos del marido. El Estado les obliga a vivir con 720 euros; no es mucho, no podrán pagar la renta, pero seguro que tienen algún pariente cercano que -aunque con escasos recursos- pueda apretarse el cinturón y echar una mano. No tenían que haberse casado.
Se llama Rodrigo Rato; tiene 56 años, y procede de una familia de alto nivel económico; no necesitaría trabajar para vivir, pero decidió hacerlo, y llegó a ser Vicepresidente del Gobierno y Ministro de Economía, en donde tuvo la oportunidad de corregir la injusticia social que ahora denuncio. Relegado por Aznar aceptó el cargo de Director Gerente del Fondo Monetario Internacional; pero transcurridos tres años decidió dimitir alegando que necesita más tiempo para cuidar a sus hijos, quedándole una pensión vitalicia de 331.925 euros al año. Actualmente vive en Madrid y son numerosas las ofertas millonarias que ha recibido de grandes empresas del país. Es posible que acepte algún puesto importante, pero primero ha consultado al Fondo Monetario Internacional y le han confirmado que su pensión es compatible con un trabajo remunerado, y no tendrá que devolver lo percibido en caso de trabajar.
¿Es posible mirar para otro lado y ser indiferentes ante tal injusticia social?.
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